A mediados de los noventa, mientras Soda Stereo se acercaba a su final, Gustavo Cerati encontró en Santiago un refugio familiar y creativo. Entre fiestas clandestinas, sintetizadores analógicos y sesiones improvisadas en el subterráneo de una disquería, el argentino se integró a la naciente escena electrónica chilena y formó Plan V. Esta es la historia de una transformación que anticipó el sonido de su carrera solista.
Antes de Bocanada, antes de Ocio y mucho antes de que las remezclas de Siempre es hoy conectaran a Gustavo Cerati con productores de distintos rincones del mapa electrónico, hubo un subterráneo en Santiago de Chile.
No era un estudio de grabación sofisticado. Tampoco una operación diseñada por una multinacional para modernizar el sonido del líder de Soda Stereo. Era el sótano de Background, una disquería santiaguina en la que algunas máquinas, varios cables y cuatro personas dispuestas a improvisar terminaron dando forma a Plan V.
La escena condensa uno de los períodos menos divulgados —y más decisivos— de la carrera de Cerati: los años en que se instaló temporalmente en Chile, se mezcló con el circuito electrónico local y encontró en los secuenciadores una salida al desgaste que atravesaba Soda Stereo.
Cerati no llegó a Santiago con el propósito declarado de fundar una banda de techno. Se trasladó inicialmente por razones personales. Su entonces esposa, la artista chilena Cecilia Amenábar, esperaba a Benito, el primer hijo de la pareja, y continuaba sus estudios en Chile. Al finalizar la gira de Dynamo, el músico también necesitaba tomar distancia de Buenos Aires y de las tensiones internas del grupo.
“Cierto destierro fue interesante para mí, me liberó en cierto aspecto”, diría posteriormente Cerati sobre ese período, según una entrevista recuperada por el diario argentino Página/12. La palabra destierro resulta reveladora: Chile fue hogar y, al mismo tiempo, un territorio fuera de su rutina industrial. Un lugar donde podía dejar de comportarse como el líder de la banda de rock en español más grande del continente.

El Santiago que recibió a Cerati comenzaba a vivir una transformación cultural. Durante la primera mitad de los noventa, la electrónica todavía funcionaba lejos de los grandes escenarios: circulaba en disquerías independientes, clubes pequeños, centros culturales, galpones y fiestas organizadas con recursos mínimos.
Había techno, acid house, ambient, música industrial y una fuerte curiosidad por lo que llegaba desde Europa y Estados Unidos. No se trataba todavía de una industria profesionalizada, sino de una comunidad formada por DJs, artistas visuales, arquitectos, ingenieros de sonido y músicos que intercambiaban discos y conocimientos.
Amenábar recordó que llevaba a Cerati a raves organizadas por sus amigos. También relacionó la efervescencia de la escena con el regreso de chilenos que habían vivido en el exilio y volvían conectados con circuitos de Alemania, además de la llegada de discos y DJs vinculados con ciudades como Detroit y Frankfurt.
La conexión de Cerati con ese mundo no fue turística. Iba a las fiestas, visitaba clubes y se relacionaba con sus protagonistas. En 1995, según recuerda el equipo de la discoteca Blondie, era habitual encontrarlo entre el público. Allí no estaba necesariamente el rockstar: había un oyente atento, dispuesto a dejarse afectar por una cultura que entendía la pista de baile como laboratorio.
Su interés por la electrónica, en cualquier caso, no había comenzado en Chile. Las remezclas de Soda Stereo, la alianza con Daniel Melero en Colores santos y especialmente “Pulsar”, incluida en Amor amarillo, ya mostraban su fascinación por la programación, el sampleo y la repetición. Buena parte de ese primer álbum solista fue concebida en un living de Santiago utilizando máquinas como la Akai MPC60.
Chile, sin embargo, convirtió aquella curiosidad en una práctica colectiva.

Nace Plan V
A través de Cecilia Amenábar y de las fiestas electrónicas, Cerati se vinculó con Christian Powditch, Andrés Bucci y Guillermo Ugarte. Junto a ellos comenzó a reunirse en el subterráneo de Background, tienda cuyo propietario, Hugo Chávez, facilitaba el espacio para ensayos y presentaciones.
Plan V nació en 1995 sin una estructura convencional. No había cantante, guitarrista, baterista ni una colección de canciones esperando ser interpretadas. Sus integrantes trabajaban con teclados, sintetizadores, secuenciadores y cajas de ritmos. Las composiciones aparecían durante largas sesiones de improvisación.
“El primer disco nunca estuvo planeado como disco. Estábamos experimentando con máquinas, como en una jam. Y lo que quedó, quedó”, explicó Cerati tiempo después.
El método suponía una inversión completa de su papel dentro de Soda Stereo. En Plan V no había una voz ocupando el centro, ni estribillos destinados a estadios. Cerati podía permanecer detrás de las máquinas, escuchar a sus compañeros y trabajar con textura, espacio y repetición. Para una estrella reconocible en toda América Latina, desaparecer dentro del sonido era una forma de libertad.
En 1996 apareció el álbum homónimo del grupo, conocido también como Hábitat individual. Sus cinco piezas —“Teletrack”, “Aurora Turbo”, “Tripulante 2.3”, “Nro. 9 (Sistema Cerrojo)” y “Polynol Plus”— ofrecían una electrónica instrumental, abstracta y atmosférica, atravesada por pulsaciones de techno y ambient.
La recepción planteaba una imagen entonces desconcertante: Gustavo Cerati sobre un escenario, pero sin guitarra y sin cantar.
Según el archivo de Música Popular Chilena, el disco fue presentado en dos conciertos en Santiago y tres en Buenos Aires. En la capital chilena, Plan V pasó por espacios como Open House y la discoteca Planet. Un registro realizado con una cámara doméstica durante la presentación de Hábitat individual en Open House, en diciembre de 1996, documenta ese momento: máquinas sobre mesas, proyecciones, humo y un Cerati absorbido por la ejecución, lejos de la teatralidad frontal de Soda Stereo.

Reducir Plan V a una nota al pie en la biografía de Cerati sería desconocer su verdadero peso. El proyecto apareció cuando el músico necesitaba recuperar el impulso de experimentar sin la responsabilidad histórica de Soda Stereo.
El propio Cerati definió aquella experiencia como “un paso de libertad” frente a una banda en la que sus integrantes comenzaban a sentirse atrapados. En Santiago pudo trabajar con la lógica del accidente: girar una perilla, disparar una secuencia y permitir que una composición apareciera antes de que existiera una canción.
Esa metodología reaparecería en Ocio, el dúo electrónico que formó posteriormente con Flavio Etcheto, y sería fundamental para Bocanada. La manipulación de samples, las capas rítmicas, el uso de la MPC y la convivencia entre canción y diseño sonoro dejaron de ser elementos laterales para convertirse en el núcleo de su lenguaje solista.
La importancia del episodio también opera en sentido inverso. Cerati no llegó a “enseñarles” electrónica a los chilenos: se insertó en una escena que ya estaba activa y aprendió de ella. Su presencia aportó visibilidad mediática, pero Plan V fue una sociedad creativa entre pares. Powditch, Bucci y Ugarte no actuaron como acompañantes de una estrella de rock; fueron los interlocutores que le permitieron salir de ese personaje.
Por eso, la temporada chilena de Gustavo Cerati no debe leerse solamente como una escala sentimental entre Soda Stereo y su carrera solista. Fue el momento en que un compositor acostumbrado a dominar el escenario decidió perderse dentro de las máquinas.
Y en esa desaparición momentánea encontró una parte esencial de su futuro.
